viernes, 20 de noviembre de 2015

Día Internacional de la Memoria Tansgénero

Imagina que de la noche a la mañana todo amanece con el cuerpo lleno de escamas, pero tú no. Imagina además que a nadie le parece raro y todo el mundo actúa como si tener escamas fuera lo "normal" y no sólo no cuestionaran el por qué amanecieron así, si no que se sientan orgullosos de la firmeza y dureza de sus pieles.
Sales a la calle y puedes sentir las miradas acosadoras de los demás: te están juzgando porque eres distinto. Pasas a lado de alguien y ese alguien se hace a un lado y te barre con la mirada. Pasas a lado de un grupo de personas y alcanzas a escuchar sus comentarios.

     -¿Ya viste esa madre?
     -No mames, qué asco...
     -Es tu novia, wey, qué te haces

Pasas el trago amargo con la garganta reseca y te resistes a reclamarles porque sabes que tienes la desventaja y los policías no van a hacer absolutamente nada en tu defensa. Y entonces notas que te sigue un niñito y en toda su inocencia le pone la cerecita al pastel cuando te jala de la mano con sus rugosas manitas:

     -¿Eres niño o niña?

Consideras que a esa edad también hiciste preguntas motivadas por la genuina curiosidad y sin tacto porque los niños no conocen reglas sociales complejas a esa edad y respiras hondo para ponerte en cuclillas y responderle.

     -Mira, yo...
     -¡Quique... deja al señor en paz!...- se acerca un señor y se lo lleva cargando

Y una vez más te tragas el coraje -o no, quizás no-. Debatiéndote en tu fuero interno si detener a explicarles o dejar que se ahoguen en su estupidez.

Más o menos esto es lo que implica tener una identidad que no cuadra con los roles de género tradicionales. Más o menos eso se siente ser transgénero/transexual.

Este tipo de expresiones de violencia son lo mínimo que tienen que vivir las personas transexuales/transgénero/travesti/no-binario. Recuerden que ellxs también son seres humanos y merecen nuestro amor o por lo menos nuestra tolerancia y total inclusión en sociedad. Son nuestrxs hermanxs, nuestrxs amigos, nuestrxs compañerxs.

Dejemos pues de condenarlos y si no podemos, por lo menos seguir el viejo slogan de "Vive y deja vivir". Nunca más adecuado en un país donde los asesinatos por odio están al día.

Hoy, 20 de noviembre, a parte de la revolución mexicana, también es día internacional de la memoria transgénero. Honremos la memoria de quienes fueron asesinadxs por su identidad y respetemos a quienes siguen resistiendo en pie.




domingo, 31 de mayo de 2015

Los N-finales: n+1

     -¿Cómo lo haces?... ¿Por qué no has perdido la razón?... Nuestra nación no es nada más que escombros radioactivos. Pertenecemos al pueblo que inició todo esto. ¿Por qué no te revienta el corazón?. Yo no me he volado la tapa de los sesos porque no tengo una pistola. ¿Pero tú?...
     -Hermano, yo creo que deberías descansar. Medita y encuentra tu paz

El hombre suplicante se tendió en la arena, sobre su costado izquierdo a llorar en posición fetal. Los arapos que llevaba puestos, ennegrecidos por el tiempo contrastaban con el blanquísimo pantalón del gurú, quien estaba ante él sentado en flor de loto sobre una alfombra magenta.

     -Ayúdame a encontrar esa paz. Dime donde buscar
     -Está en ti. Está en tu corazón. Somos responsables, pero también somos responsables de que el mundo sea un lugar un poquito mejor de lo que lo encontramos.
     -¿Pero qué hago? ¡Perdí a toda mi familia!... ¿Cómo sigo adelante?...-le suplicó entre sollozos, poniéndose de rodillas ante el gurú.
     -Todos perdimos algo. Todos lloramos a alguien. Pero precisamente por eso es que tenemos que continuar. Que nada de esto sea en vano. Que aprendamos nuestra lección y nunca nos volvamos a perder como todo lo que sucedió -El gurú cerró los ojos y apretó muy fuerte para no soltar lágrimas y ser fuerte para su pueblo- no podemos olvidar, para no repetir nada de esto como humanidad ni en lo personal. Lo que sí podemos es perdonar y perdonarnos a nosotros mismos. Es el primer paso de un largo viaje
     -Quisiera poder olvidar todo...
     -Muchas veces no se trata de olvidar nada. Se trata de poner los recuerdos, si tú lo quieres, metafóricamente en un museo. Los atesoras, pero al mismo tiempo sabes que de tan valiosos no debes tocarlos ya. No te pertenecen; son de un pasado que ya no será.




lunes, 11 de mayo de 2015

Enedino I: el terror de las cucarachas

Un joven, con sombrero charro café finamente adornado, fumando un puro caminaba con paso firme por las calles del barrio bajo de la ciudad. Sus botines charros repiqueteaban al ritmo de una llovizna que amenazaba con dejarse caer junto con el sol tardío del otoño. Se dirigía sin más a una de las cantinas más sórdidas del país en busca de algo más que licor barato.

Cruzó las puertas de vaiven y se sentó en la acostumbrada mesa del rincón, bajo el retrato de un sonriente José Alfredo Jiménez y llamó al mesero alzando la mano y dando un chiflido corto que sobrepasó la típica música vernácula del lugar.

-Joven, nada más le aviso que cerramos en media hora...
-Lo sé, sólo vine por una cucaracha...
-Por supuesto. ¿Le puedo ofrecer alguna botana?...
-La sangre de todas las inocentes que serán asesinadas hoy
-En un momento, joven- El mesero le guiñó el ojo al comensal, como reconociendo una clave secreta y apresuró el paso tras la barra.

El joven canturreaba una tristísima canción entre bocanadas de humo -uno de los pocos lugares donde se podía fumar, más porque las autoridades brillaban por su ausencia que por otra cosa- y jugueteaba con sus largos y azabaches bigotes. Se bebió sin contemplaciones y de refilón su trago cuando llegó. Sólo estaba haciendo tiempo mientras los despistados comensales desalojaban para darle paso a los matadores y los aficionados a las masacres de cada viernes.

Al final sólo quedaba otro joven vestido completamente de charro y él, además de 3 mesas llenas de curiosos que platicaban estruendosamente entre ellos. Los elegidos. Matadores y espectadores que esperaban ansiosamente mientras los meseros bajaban la cortina del local para que comenzara la función.

Ambos jovenes del jaripeo se levantaron de sus asientos y mecánicamente se dirigieron a la bodega del lugar. 

-¿Listo?...- le dio una última fumada a su puro, restregó las cenizas en un cenicero metálico que estaba convenientemente situado en la esquina más lejana a la puerta y lo dejó ahí.
-Si no lo estuviera, ¿A qué vengo?- el otro muchacho lo observó decidido, con las cejas tupidas arqueadas en un gesto de despreocupación muy forzado.
-¿Vas o voy?
-Voy... ¡Faltaba más!

El joven charro se quitó la chaqueta negra adornada con finos bordados de oro y la dejó en el respaldo de una silla.

-¡Cuídate, cabrón!...- le contestó el joven que se quedaría a esperar su turno en la antesala. Lo conocía de mucho tiempo atrás y a pesar de la rivalidad de la noche, sentía genuíno aprecio por él.
-¡Cuídate tú, que no voy a dejar una viva!...

El hombre cruzó un par de puertas metálicas en mangas de camisa que hacían contraste con su elegante sombrero y los pantalones ajustados e igualmente adornados. 

20 intensos minutos pasaron cuando las puertas dobles se abrieron y el ruido del público no fue suficiente para ahogar una potente voz.

-¡Que pase nuestro siguiente matador!...- Gritó el anunciador de la noche

El joven que antes disfrutaba su puro cruzó las puertas como lo había hecho su amigo y las personas lo recibieron con la misma calidez. Un hombre corpulento y calvo se acercó a él para darle sus aditamentos. 

-¡Reciban con un cálido aplauso a... Enedino Malamuerte!- Gritó el anunciador mientras el interpelado se acomodaba su indumentaria.

Enedino se acomodó la capa en el brazo izquierdo y con el derecho apretó firmemente una lanceta larga como un espadín y ligera como un flotete; un arma única de punta chata que se blandía más para chicotear que para apuñalar o cortar.

-¿Listo?...- le preguntó  el hombre que lo había ataviado

Enedino frunció los ojos y asintió. Aquél hombre salió por una puerta en el extremo de la habitación. Las luces se atenuaron dándole un tinte macabro a las paredes, el piso y el techo, amarillentos cochambrosos y llenos de manchas. Las personas miraban ansiosas a través de un improvisado muro de plexiglas que una trampilla se alzó en el suelo: la acción había comenzado.

El matador cubrió parcialmente su rostro con la capa y se alistó para asestar el primer golpe. Una marea café de patitas ocre empapó el recinto de horror, pero Enedino no temió y se acercó para comenzar la macabra danza.

Miles de cucharachas se desplazaron hacia él. Comenzó a caminar sobre ellas con enorme agilidad y a golpear a diestra y siniestra, al fin que por sus números cada golpe garantizaba algunas bajas. Crujían y aquellas que podían volar se avalanzaron a su rostro. El público gritaba horrorizado.

-¡No mames, qué asco!- Alcanzó a escuchar a una chica que gritaba con singular fuerza y asco.

El ejército marrón no fue rival para el joven Malamuerte. Quedaron reducidas a un amasijo de cuerpos rotos y secreciones. Alas, antenas, cabezas, patas y torsos que todavía se movían estaban en todo alrededor. Incluso se le vio escupir con insistencia en varias ocasiones. Las luces se encendieron y el juez checó el reloj. Había exterminado el mismo volúmen de bicharrajos que su rival, pero con 5 minutos de ventaja. La experiencia había triunfado una vez más.

Llamaron a ambos competidores para la entrega del premio -muy buenos 5 mil pesitos- y ambos se abrazaron en una actitud de deportivismo y buena voluntad que le hizo retorcer el estómago a algunos miembros del público, puesto que todavía tenían restos de cadáveres no sólo en la ropa si no en el cabello, en la cara y en el vello facial. 

-¡Buena esa mi Enedino, felicidades!
-¡Lo sé, mi cuadripack... a ver cuando me alcanzas!

En eso los azules llegaron al recinto y tumbaron la puerta por donde entraron los competidores. Tanto el público como los organizadores que pudieron se dieron a la fuga como pudieron para evitar problemas y del cuadripack tampoco se supo nada. Tumbaron al joven Malamuerte en el piso, luego de hacerle manita de puerco, estrellándole la cara en el antihigiénico suelo. 

-¡Queda arrestado por crímenes contra las blattarias, todo lo que diga será usado en su contra!
-¡Exijo a mi abogado!- repeló el vencedor vencido

Y sin oponer resistencia, dejó que lo pusieran de pie entre dos oficiales y le esposaran los brazos a la espalda. Ni si quiera se quejó cuando le golpearon -presuntamente- por accidente la cabeza al subirlo a la parte de atrás de la patrulla.


lunes, 4 de mayo de 2015

Reflexión: Mujeres inalcanzables

Hoy en la mañana mientras desayunaba escuché el murmullo del televisor en un programa del canal 13 en el que "humorísticamente" hablaban de cómo sería el mundo ideal de los hombres (o del mínimo común múltiplo, por lo menos). 

-"Un mundo donde no haya mujeres inalcanzables", decía el intento de comediante.

En primera, eso del "mundo ideal para los hombres" es una generalización muy burda. ¿Para todos los hombres?. ¿Qué hay de los homosexuales?, ¿De los asexuales?, ¿De quienes practican cualquier forma no-heterosexual y/o no monogámica de relaciones sexo-afectivas?. Claro, como dije, es del mímimo común múltiplo. Esto es, un arquetipo con el que se sentirían identificadas las masas más comunes del pueblo: tanto en estatus socioeconómico como en niveles culturales y demás.

En segunda. ¿Mujeres inalcanzables?. ¿Quienes son las "alcanzables"?. Se me hace insultante la forma en la que se maneja a las mujeres como un 'objetivo' (¿objeto?) para la conquista de los hombres en los medios de comunicación.

No debe haber un prototipo de "mujer inalcanzable", como tampoco debe haber una "alcanzable". Esto no es (o no debería ser) una competencia entre hombres para ver quien "alcanza" más mujeres o quien "alcanza" a la "inalcanzable". La química sexo-afectiva entre un hombre y una mujer (qué conste que sólo estoy hablando de relaciones heterosexuales y monogámicas desde que es el único punto de vista que conozco por experiencia) debe surgir solita: no debería ser un esfuerzo del hombre para ver si logra llenar las espectativas de la mujer en cuestión o viceversa; porque si no, se reduciría a una simple transacción de oferta-demanda.

Las cosas en el amor (que conste que ahora no solo en el punto de vista heterosexual, si no en el punto de vista del amor y no de la búsqueda de placeres sexuales: esto es un capítulo muy a parte) no deben ser reducidas a "quien merece a quien" o "quien alcanza a quien", si no entre quienes se saben entender, convivir y soñar juntos.



Pero a mí no me hagan caso, quizás llegué a todas esas conclusiones porque las quesadillas de huitlacoche no estaban en el mejor de los estados.

jueves, 16 de abril de 2015

Vía libre

Con un montón de folders manila bajo el brazo izquierdo y una humeante taza de café en la otra mano, llegó apurado a su oficina a intentar terminar de revisar los expedientes antes de que terminara de amanecer. Tendría aproximadamente 2 horas, así que apresuró a prender la computadora de su escritorio, sentarse y teclear su acceso al sistema.
Bebió el primer sorbo que le arrebarataría la pesadez de haberse despertado antes de lo que dictaba su rutina y abrió el primer folder, leyendo el resumen del comunicado en la primera página. Quizás sería peor de lo que mentalmente se había preparado.
-Que bueno que ya estás aquí- le interrumpió la voz de una somnolienta mujer joven, oculta por la oscuridad. Probablemente hubiera sido buena idea encender las luces antes de comenzar a trabajar.
-¿Qué...?- Intentó replicar, pero lo inusual de la situación le impidió formular una pregunta entera
Ella salió de las sombras y se sentó en la silla diametralmente opuesta a la de él, subiendo los pies al escritorio en actitud desenfadada
-Demonios..-ella bostezó- ¿Qué hora es?...
-Las cinco de la mañana.- Le contestó él sin retirar los ojos del expediente
-Tengo sueño...
-Entonces duérmete, pero que no sea en mi escritorio. Tengo mucho qué hacer.
-¡No!- le contestó- necesito hablar contigo. ¿Puedo tomarle a tu cafe?
-Mira, tú... tú...
-Raquél
-Mira, Raquél... Estoy muy ocupado. Necesito por lo menos leer todo esto en una hora, antes de algunas reuniones que me llevarán el resto del día. ¿Qué necesitas?...- el hombre le respondió con desesperación.
-Bueno, no es complicado- ella se levantó de la silla y acomodó otras dos para improvisar una cama donde se recostó -Creo que nos podemos ayudar mutuamente
-¿Tú crees?... ¿En qué puedes ayudarme?... Es ilegal que contrate preadolescentes y menos como asistentes personales... la prensa me comería...
-Tengo 23
-¡Vaya!... Bien por tí, eres traga años.
-La cosa es que tengo un super poder- contestó y se estiró ante la incomodidad de los intersticios entre las sillas que se encajaban en su espalda, subiendo los pies al escritorio otra vez.
-Ese escritorio es muy antiguo, sabes...- le replicó él.
-Sí, ya sé qué es lo que estás pensando: que soy sólo una chica loca de la calle. Pero realmente tengo un super poder. O algo. No sabría cómo llamarlo.
-En serio, este mueble tiene más de cien años en este lugar. Baja los pies, por favor.
-Me di cuenta cuando era chica...- continuó con la narración, sin bajar los pies de la antiquísima madera.
Él gruñó y alzó la vista del montón de papeles que tenía entre manos.

-Mis padres eran alcohólicos. Ambos. No me golpeaban ni nada, pero eran alcohólicos. Gente no muy grata. De cualquier modo, algunas veces acompañaba a mi padre al bar donde a todo el mundo le caía bien. Yo era cómo la mascota del lugar. Nadie se quejaba.
Él me llevaba incluso cuando mi mamá murió. Quizás pensaba que era mejor para una chiquilla de 10 años el estar en un bar a estar sola en casa sin supervisión. Estaba bien. Nunca me molestó y nadie se metió conmigo.
Sin embargo, una vez hubo una redada y los policías entraron al lugar porque llegó el rumor de que vendían licor a menores y los dejaban pasar sin pedir identificaciones, incluso cuando venían uniformados de algún colegio cercano. Técnicamente los policías debieron llevarme con todos los preadolescentes que estaban ahí aquella vez. Esa debió ser una pista, pero era muy joven para darme cuenta.
-¿Darte de cuenta de qué?
- Ya te darás cuenta... - lo interrumpió.

Él puso los ojos en blanco, entre la incredulidad y la impaciencia.

-Cuando tenía 12, mi padre me envió al Oxxo de la esquina a comprar una botella de alcohol barato, de esos que pueden dejarte ciego. Sabía que no me lo venderían si iba sola, pero me dijo que podía quedarme con el cambio, así que ¿Por qué quejarse?
Cuando llegué ahí, el lugar estaba siendo asaltado. Ese barrio nunca fue muy seguro; la escena no era poco común. 2 tipos enmascarados tenían a ambos dependientes en el suelo (el que te cobra y el que te dice “en la otra caja, joven”), apuntándoles con escopetas en la espalda, mientras un tercero intentaba llevarse la caja registradora.
Yo les pregunté si podía llevarme algunas botellas y uno de los que estaba en el suelo me contestó que tomara las que yo gustara. Así que tomé dos botellas y atiborré mi mochila con cuanta comida chatarra pude, puse el billete de a cien sobre el mostrador, les di las gracias y me fui. Nadie me detuvo ni preguntó nada, ni me siguieron. Continuaron con el asalto como si le quitaran la pausa a una película.

-Bueno, tuviste suerte de que no te dispararan o te tomaran como rehén. De cualquier forma sigo sin ver un super poder.

-Shh... -se incorporó y se sentó en la orilla del escritorio, poniéndole el dedo índice entre los labios momentáneamente antes de continuar. - Cuando tenía 14, me juntaba con las más bonitas de la secundaria. Siempre salía con los más guapos. Me la pasaba muy bien. Me pasaban la tarea y siempre me anotaron en los trabajos de equipo, aunque nunca hiciera nada. ¡Hasta los profesores me ponían calificaciones que claramente no merecía!. ¿Sabes cómo le hacía?... ¡Me sentaba en sus pupitres!... ¡Así como le estoy haciendo contigo!.
Solamente pedía algo y me lo daban. Nadie nunca me negó nada. Permisos, excusas, justificantes... ¡Hacía lo que yo quería!. Naturalmente todos se querían juntar conmigo y yo los trataba como me venía en gana...

-Así que... tú poder es ser manipuladora...- Otra vez la interrumpió al ver el reloj de su computadora de reojo. Le quedaban menos de 40 minutos.

-No seas idiota, déjame terminar... -lo interrumpió ella, y con bastante soberbia se bebió el resto de café de su taza tricolor- De cualquier modo, llegué a la preparatoria. Ya no era virgen, pero podía hacer muchos milagros... Tenía 16 cuando comencé a divertirme con mis compañeritos. Nada muy loco, pero sí muchos novios en esos 5 largos años.
Una vez, poco antes de cumplir los 18, estaba con mi novio en su casa, cuando su mamá regresó a casa sin avisar (supuestamente regresaría de sus clases de zumba, pero ese día no había ido el instructor o algo así). Debo mencionar que era una familia ultra conservadora, de la vela perpetua y ella pensaba que su hijo era un jovencito inocente, casto y puro. Como podrás imaginar, estábamos muy “ocupados” para escuchar la puerta de la entrada abrirse y tampoco escuchamos cómo subía las escaleras. Sólo nos dio tiempo de cubrirnos con una sábana cuando abrió la puerta de su cuarto (porque tenía cama matrimonial y era muy incómodo hacerlo en una individual).
Sólo nos quedamos mirándola y ella a nosotros. ¿Sabes qué hizo?... ¡Nos dijo que iba a ordenar comida china y bajó las escaleras, cómo si nada!. Es lo más raro que me había pasado hasta ese entonces...

-Bueno, tal vez no supo cómo reaccionar -él especuló, genuinamente intrigado- Supongo que les dio un severo castigo después...

-Nada de eso. Nunca se molestó conmigo. Siempre me dio la bienvenida a su casa, incluso cuando llegaba a deshoras y sin avisar. Me podía quedar a dormir con él y hasta nos cedía su habitación y ella dormía en la sala. Así fue hasta que lo dejé. Era un perdedor sin caracter, créeme... siempre hacía lo que yo le decía y al instante...
En fin... me costó mucho trabajo terminar la preparatoria. No pensaba que pudiera quedar en ninguna universidad (mucho menos la UNAM) y mi papá no podía pagar colegiaturas muy elevadas, así que supuse que ya era tiempo de dejar de ser una carga para él, así que dejé de estudiar y conseguí un trabajo como mesera. Luego lo perdí porque a veces me daba demasiada flojera ir a trabajar...
Sin embargo, no me fue mal. Tuve muchos trabajos a corto plazo (de esos que siempre anuncian en los periódicos amarillistas). Vivía en un cuarto de azotea en una vecindad tan vieja que empezaba a caerse a pedazos, pero pagaba la mísera cantidad de 200 pesos al mes con todo y agua, luz y gas. Pero un día estaba cayendo una tormenta épica, con granizos y toda la cosa, cuando la mitad del cuarto se desmoronó y me quedé viviendo casi el aire libre, con una lona de un anuncio político como único techo.
Con la temporada de lluvias a un mes de terminar, decidí que era tiempo de guardar mis tiliches y meterme en la primera casa que viera y echarme a quien sea que estuviera dentro. Al menos los policías me llevarían a la cárcel, donde no me faltarían techo y comida.
Así que eso mismo hice. Sin nada de silencio ni sutilidad. Rompí el cristal de una casa que quedaba muy cerca del centro histórico con un ladrillo, quité cuidadosamente los restos de cristal del borde de la ventana y me metí, en plena noche.
Me colé en la oscuridad a una bonita sala de piel y me senté en el sillón a esperar. Cómo 10 segundos después encendieron las luces. Un hombre petrificado me veía desde el último escalón, con el torso desnudo y la panza de fuera. Con un palo de escoba en la mano y una mujer mirando, justo detrás de él.
Entonces el hombre suspiró aliviado y apagó la luz. Murmuraron algo y se subieron como si no hubiera pasado absolutamente nada.
-Espera... ¿Qué?.- Le preguntó él, totalmente asombrado. Al demonio la junta. Esta historia era algo que no hubiera podido imaginar si no se lo contaban.
-Sí... así mismo.
-Eso no tiene sentido...
-Lo sé, yo tampoco lo entendí...- movió la cabeza de arriba a abajo, sin dejar de verlo a los ojos.
-¿Nunca antes los habías visto, o algo?
-No... te digo que fue una casa cualquiera, pudo ser cualquier casa. ¿Puedo continuar?
-Sí, claro...
-Bueno, como sea... me quedé en su casa desde entonces y nunca se han quejado directamente. Platican conmigo y podría decirse que me tratan como de la familia. Nunca me han pedido que me vaya, aunque a veces escucho cuchicheos que me hacen pensar que los incomodo.
Es entonces cuando me empecé a dar cuenta de algo. Nunca me han corrido de ningún lugar. En la vida.
Decidí poner esta habilidad a prueba. Algo pequeño para empezar. Fui a un banco y me colé en la fila, aunque había tanta gente que el último cliente estaba casi a la salida de la sucursal. Me pasé en frente de todos. Nadie se quejó cuando me puse adelante del cliente que estaba a punto de ser atendido (ni él mismo). Así que decidí seguir calando la situación.
Tenían una puerta de seguridad, de esas con teclados numéricos, que se sellan por dentro. Me salí de la fila y esperé a que una de las empleadas pasara. Me colé justo detrás de ella y nadie dijo nada. Incluso la saludé y me presenté. Ella me devolvió el saludo y también se presentó. La seguí a su lugar y me puse detrás de ella. En cuanto tuvo una transacción, tomé un fajo de billetes de la máquina que los reparte y los guardé en mi bolsa de mano. Entonces sí me reclamó. Le pedí disculpas y puse el dinero de vuelta en la bandeja de la máquina. “Soy nueva”, le dije y todo el mundo siguió como si nada.

-¿En serio?- le preguntó él, rascándose la incrédula cabeza.
-Sí, en serio...
-Deja de inventar cosas, eso no pasó... debieron llamar a seguridad en cuanto alguien que no fuera personal autorizado cruzara la puerta...
-Continué con las pruebas los días siguientes -ella procedió con su historia sin prestarle atención- Hasta donde yo entiendo, es como si las personas creyeran que tengo que estar ahí.
-Sí, definitivamente estás inventando.. ya, deja de quitarme el tiempo...-volvió a fijar la vista en el documento que había dejado a un lado.

-No, no, no... -le arrebató las hojas hábilmente, forzando el contacto visual, dejándolas de su lado del escritorio- te aseguro que todo esto es verdad, pero tiene limitaciones. Las personas deben pensar que yo tengo una razón para estar en ese lugar, y sólo puedo actuar cómo ellos esperan que actúe. Una vez robé medicamentos de una farmacia, para ver qué pasaba. Sólo salté el mostrador, abrí un paquete de Valium y lo guardé en un frasco vacío que llevaba y me lo guardé en el bolsillo cuando me dio la espalda. El hombre que atendía la farmacia ni si quiera me volteó a ver; sólo de reojo. Las personas que trabajan en una farmacia deben manipular medicamentos, a diferencia de lo que hice en el banco: no se supone que quienes trabajan ahí se guarden el dinero en la bolsa. ¿Ves?.

-Lo que veo es que me sigues quitando el tiempo... bonita historia, quizás deberías escribir cuentos para niños, pero no veo cómo eso me puede ayudar en algo...
-Creo que puedo trabajar para ti. Necesito un trabajo estable y un buen salario. Puedo espiar para ti.
-¿A quienes?...- le preguntó, sobresaltado por la última frase
-¡A quién quieras!. Estoy segura de que hay miles de grupos en los que quisieras meter las narices. Podría meterme en sus reuniones y quedarme ahi calladita, tomando notas si dicen algo de ti... Literalmente, lo que quieras...
-Ahhh... -suspiró- si todos tus cuentos fueran verdad, entonces sí, podrías servirme de mucho... no a muchas personas les parezco muy agradable y lo sabes. Pero... ¿Cómo esperas que le crea a alguien que me acaba de contar la historia más fantasiosa que jamás había escuchado?...
Ella se incorporó para inclinarse y verlo muy de cerca, pero desde arriba.

-No lo sé, señor presidente... Usted dirá...

domingo, 22 de marzo de 2015

Sembrador de calabazas

En los vestidores, el equipo Kurdistaní se preparaba con su galante primer uniforme, con base en blanco y vivos rojos en el pecho, con adornos laterales en gris; el short totalmente blanco, con una raya vertical en la lateral de cada pierna; así como las calcetas blancas con 3 rayas horizontales grises a la altura de las espinillas. Saltarían al campo con todo, menos con su delantero estrella.

     -Fidencio, quiero hablar contigo...- Le dijo Mauler, el director técnico del equipo al joven, al salir del vestidor.
     -¿Qué pasó?... Dime...- Respondió el delantero, pasando sus dedos por su crecida y cerrada barba, intrigado por el suspenso.
     -Mira hijo, me llegó un comunicado, la cosa es muy seria, estoy seguro que ya lo sabes...

Fidencio se quedó petrificado con los ojos en el suelo e incapaz de contestar en ese momento. Sólo se aclaro la garganta lo suficiente para una palabra:
     -Entiendo...
     -En este partido vas a ser suplente. No podemos darnos el lujo de meterle más polémica al partido...
     -Pero... son exageraciones... Tú me conoces de más de 4 años... ¿Qué onda?
     -Si te creo o no, es irrelevante. Tuvimos que dividir las barras de cada equipo con mallas ciclónicas y varias decenas de granaderos para que no se destripen al final... ¿Quieres echarle más leña al fuego?
     -Bueno, está bien... Es tu equipo...- Le contestó el astro desencajado y apenas de pie por el temblor que dominó sus rodillas. Sería aún más difícil su camino a las bancas.

Con el Camp Nou a reventar, la selección de Serbetistán saltaba así mismo, al campo, con sus colores totalmente azúl marino con vivos en color dorado. El mundo entero sintonizaba también por sus pantallas -tanto humildes, como enormes despliegues de plasma capitalista- la final más polémica que nunca se había jugado sobre la tierra. Dos naciones que llevaban casi un cuarto de siglo peleando a muerte por razones políticas muy complejas; dos naciones que alguna vez fueron una sola y próspera civilización hasta que ideas separatistas y extremistas llegaron a un sector de la población que necesitaba desesperadamente creer en algo.

     -Señoras y señores, es un verdadero privilegio estar esta tarde con ustedes en esta final de la copa del mundo. Tenemos un partido totalmente electrizante entre los seleccionados de Serbetistán contra sus homólogos de Kurdistán. El público está convulsionando con emoción y espero sinceramente que predominen el buen fútbol y la pasión del deporte y el juego limpio.
     -Así, es mi querido Lucas, esperemos que todo salga bien.

Ambos narradores compartieron la alineación de ambas escuadras, haciendo notar la ausencia del delantero estrella kurdistaní: sin duda alguna debía ser por la polémica que había surgido hacía algunos días en redes sociales. A pesar de la gigantesca importancia de este partido, Saenz permanecería en la banca, como relevo.

     -Bueno, probablemente es para que Skinner comience a sentirse en confianza siendo titular, ¿No?. Es joven; sería la primera vez que esté a cargo de la ofensiva kurdistaní.
     -Esperemos que haga un papel brillante y que no vaya a sembrar calabazas.

En los megáfonos tocaron los himnos nacionales de cada país, para respeto de unos y burla de los contrarios; los ánimos comenzaban a caldearse y el balón todavía no daba ni su primer bote. Los granaderos aguardaban, algunos con los cascos ya bien puestos y otros lanzando advertencias a los aficionados en los extremos de cada lado del estadio.

Cada quien tomó su posición en la cancha, con el árbitro central entre ambos capitanes, se realizó el volado para ver quién tendría la posesión del balón. Hummels, el sempiterno capitán kurdistaní ganó el volado y por razones políticas se saltaron el cambio de banderines. Cerraron la formalidad con un breve apretón de manos y un intercambio de miradas asesinas con Ströker, su homólogo Serbet.

Fue un primer tiempo de locura. Afortunadamente la rivalidad no tomó tintes necesariamente violentos, pero predominó el uso del cuerpo, los empujones en los tiros de esquina, barridas y jalones de camiseta. Se repartieron las primeras 3 tarjetas amarillas para cada equipo en un tiempo récord. El árbitro auxiliar pitó el final, anunciando el medio tiempo. Mauler esperaba a sus muchachos en los vestidores con los nervios de un cero a cero y el traje gris oxford completamente desaliñado.

     -Muy bien, muchachos. Necesitamos meter el gol decisivo. Quiero que ataquen como si no hubiera mañana.

Fidencio pensó que él podría hacer la diferencia, pero estaba tan desmotivado por el hecho de no ser titular en un partido tan importante que no dijo nada y se quedó mirando su celular con la sudadera tricolor y el pants aún puestos, sentado en una banca de los vestidores mientras los demás se duchaban, lo más lejos de los otros suplentes que pudo. No había intercambiado palabra con nadie durante los primeros 47 minutos del encuentro.

     -Muchacho, contigo quería hablar.
     -Sí, ya sé, ya sé, ya lo he leído todo en redes sociales. No sé qué pensar... ¿Tú les crees?... Es lo más amarillista que he leído en mi vida...

“Fidencio: sembrando odio separatista en el polvorín que es este país” se alcanzaba a leer en la pantalla del jugador.

     -Mira, a este punto es irrelevante si te creo o no... No queremos que la Selección Nacional se manche con toda la mierda que están lanzando en redes sociales. ¿Lo entiendes, verdad?...
     -Sí, ya sé, el prestigio lo es todo...- respondió el delantero
     -Entonces estarás de acuerdo que lo único que te queda es disculparte con la directiva de tu club y retirarte del fútbol, ¿No?... No te cierres las puertas, tal vez en unos años podrías ser entrenador o algún puesto directivo... Ya le escribieron al presidente de tu club, exigiendo que te despida...
     -Bueno, y ¿Cómo sabes todo eso?...
     -También me mandaron el correo a mí, firmado por varias asociaciones nacionalistas. Yo les he dicho que este será tu último partido. Lo siento, en verdad lo siento...- el director técnico se paró y abandonó los vestidores para irse a su puesto directivo en la cancha, luego de palmear la espalda del muchacho.

Él se encontraba totalmente desencajado y con la mirada fija al infinito. Simplemente no podía creer que su vida estuviera arruinada en el pico de su carrera, todo por el amarillismo de los medios de comunicación. Sí, había criticado -con sátira y sarcasmo- algunos métodos extremistas de políticas públicas serbets en redes sociales y algunas personas se lo habían tomado demasiado en serio comenzando a insultar y a amenazar, pero nunca pensó que todo esto escalara tan lejos. Finalmente la gente en internet insulta por las cosas más triviales. Pero quizás debió parar a tiempo o censurar a quienes tenían ese tipo de actitudes, es cierto. Hubiera... no hay una palabra más cruel y menos cuando ves tu carrera destruida.

El segundo tiempo comenzó con aún más frenesí. Patadas, codazos y empujones al por mayor. Atrás había quedado la magia serbet del juego bonito. Habían cambiado su juego de toques cortos y gambetas dignas de un ballet clásico por sendos guadañazos cada que perdían el balón. Las tribunas hacían gala de cánticos cada vez más ofensivos, batucadas que ya no cantaban para apoyar a su equipo si no para innsultar a los rivales y sus familiares; extensas expresiones de antideportivas que cada vez sólo se volvieron más incivilizadas con la caída del primer gol.

     -¡GOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOL... de Ströker!... al minuto 72 remata de tijera en un tiro de esquina... Un gol que viene a ponerle el primer clavo a la escuadra kurdistaní...
     -Los blancos no van a estar felices, eso sí...

De un lado, las gradas enloquecieron con pirotecnia azul, al ritmo de las tribales batucadas que aprovechaban el anonimato para intentar lanzar toda clase de proyectiles por encima de los granaderos y de la malla de seguridad. Una lluvia de vasos de cartón y plástico provenientes de ambos lados -llenos de todo tipo de líquidos- se estrellaban inútilmente en los cascos de los granaderos. Sin embargo, las fuerzas del orden fueron tolerantes y todavía aguantarían antes de lanzar los gases lacrimógenos por el bien del deporte.
Del otro lado, los fans blanquirrojos lanzaban toda clase de basura al campo, como queriendo descalabrar a los jugadores contrarios con vasos desechables y rollos de papel de baño, para vengarse por haberse puesto adelante en el marcador.

El director técnico maldecía a la defensa del equipo que no supo ganar el tiro de esquina y al portero que se abalanzó por el balón, pero en dirección contraria. Hizo una doble sustitución para al menos tener gente fresca y con la mente tranquila en la defensa para que no hicieran más grande la ventaja.

Las jugadas comenzaron a ser más violentas y desesperadas. Patadas y barridas por todos lados que ni el árbitro ni sus asistentes marcaban para no acrecentar la polémica en las tribunas. Un patadón por acá, otro jalón de camiseta por allá; jugadores que se hacían de palabras y se llamaban por toda clase de despectivos racistas; era la sucursal del infierno.

De pronto, en una jugada de rutina, un mediocampista azul, cansado y ya con poca visión de cómo despejar el balón y llevarlo a la ofensiva, le regresó el balón a los pies del portero, pero no puso cuidado a que Skinner estaba justo detrás de él, esperando el mínimo error y en cuanto el balón abandonó su botín, el blanquirrojo pegó la carrera tras el esférico.

     -Skinner, se quedó solo con el portero... ¡Se prepara para disparar!...

El portero se lanzó a los pies de su contrincante para intentar recuperar el balón, pero fue demasiado tarde. Skinner saltó con el balón entre los pies. Aunque el guardameta alcanzó a pescar el pie izquierdo de su rival, el balón ya había escapado y rodó lento pero seguro a cruzar la línea del gol, mientras que el delantero cayó de cara en el césped.

     -¡GOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOL!... ¡Con este gol Skinner seguro se gana la titularidad!... ¡El público se vuelve loco y el partido aún no acaba!.

En las tribunas los blanquirrojos enloquecieron de júbilo encendiendo más pirotecnia, pero esta vez entintando el ambiente de rojo y de cantos cada vez más violentos, tanto que tuvieron que bajar el volumen para poder seguirlo transmitiendo por televisión abierta. El joven novato se levantó solo y se alejó de la portería cojeando ligeramente, haciendo señas a los camilleros que espraban en la banda lateral para indicar que sus servicios no serían necesarios. Al momento en el que el furioso portero sacó el balón del fondo de la red el reloj marcó los 90 minutos y el árbitro silbó el final del encuentro regular. Tendría que definirse todo en tiempos extra y si no, a la cardíaca ronda de penales.

Los aguadores y preparadores físicos saltaron a la cancha, una vez que ambos equipos cambiaron de portería. Algunos estiraban las cansadas y acalambradas piernas; otros recibían masajes y un buen trago de agua; cambiaron playeras totalmente empapadas de sudor por frescas y hasta el portero kurdistaní se puso de rodillas a orar en el marco de su portería. Por primera vez en todo el encuentro, el silencio de la expectación reinó entre los aficionados que miraban fijamente a sus favoritos.

El director técnico hablaba con los de la banca. Aún le quedaba una sustitución y les explicó que si el partido no se resolvía, la usaría en el segundo tiempo de alargue.

El árbitro silbó el inicio del primer tiempo extra y ambos equipos saltaron con renovados bríos durante la primera mitad. Habían dejado atrás el juego rudo ante la amenaza de quedarse con uno menos y se resolvían a pasear el balón por su propio pedazo del campo para intentar ver un error del contrario. Perdían el esférico e inmediatamente lo recuperaban. Los delanteros corrían intentando crear oportunidades de gol, pero los defensas contrarios siempre encontraban la manera de despejar. Sube y baja, ataca y defiende en un juego de nunca acabar. Emoción para mantener a los aficionados tranquilos y totalmente absortos a lo que ocurría en el césped. En la última jugada, como si fuera un deja vú, Skinner se volvió a quedar solo contra el portero serbet.

     -Skinner, Skinner, va por el segundo...

Y en eso, pasó algo que ni el portero pudo prever. Skinner apoyó todo su peso en el pie izquierdo y perfiló su pierna favorita hacia atrás para tirar un cañonazo, pero el tobillo falló y calló de espaldas con una flamante fractura expuesta de tobillo. Los ligamentos no aguantaron el estrés y, resentidos por la caída de su primer gol, cedieron en un crujido espantoso. El balón salió gentilmente del campo para un saque de meta que tardaría en suceder.
Los camilleros llegaron inmediatamente al área chica donde Skinner yacía retorciéndose de dolor y agarrando su pierna con ambas manos. Inmediatamente se lo llevaron en camilla hacia la enfermería.

Mauler se arrancó la corbata ante el estrés y se le desabotonaron los primeros botones de la camisa. De la bolsa de su pantalón sacó un pañuelo para limpiarse la perlada frente y avanzó con el juez de línea para indicarle que el número 10 entraría a sustituir a su caído número 11.

Fidencio se apresuró a quitarse la sudadera y el pants de entrenamiento, quedando con su amada camiseta, su short y sus estrambóticos tacos color gris con vivos en naranja. Sería poco lo que jugaría del primer tiempo extra, pero le serviría de entrenamiento para el segundo.

Logró, para sorpresa de nadie, abrirse paso ante sus adversarios dominados por el cansancio y los calambres; creó un peligroso intento de gol que dejó a los contrarios preguntándose si podrían aguantar la segunda mitad. El árbitro pitó y volvieron a entrar los preparadores físicos y los aguadores.

Fidencio se apartó de los demás a su propia portería, donde se unió al guardameta en su oración, ante la sorpresa de todos, quienes no sabían si de verdad había dejado de ser ateo, o sólo le pedía una intervención al altísimo para poder limpiar su nombre luego de lo publicado en internet.

Abrió el segundo tiempo extra y Fidencio hizo la diferencia de alguien que comienza una carrera en los últimos kilómetros contra quienes ya llevan casi terminado el maratón. Fusiló al portero 4 veces más, pero sus nervios de acero serbet nunca lo traicionaron, repeliendo cada uno de los tiros.

Finalmente le dieron una diagonal larga a Fidencio, se quitó a 2 defensas que miraron con locura cómo los dejaban atrás y disparó al ángulo opuesto donde lo esperaba el portero serbet, quien ni volviéndose superman podría haberlo detenido.

     -¡¡GOOOOOOOOOOOOL DE KURDISTÁN!!... ¡¡Faltando 2 minutos para el final del encuentro esto prácticamente se acabó!!- gritaron los narradores para la televisión abierta. Y luego el silencio forzado por las cámaras ante el caos.

Mientras Fidencio corría solitario -no, nadie se juntaría a celebrar con él, no fuera que ensuciaran su reputación- por el campo de los contrarios, señalando al cielo con ambos índices, los aficionados perdieron la razón y el civismo. Mientras pensaba en sus antepasados que seguramente lo veían desde el más allá y se levantaba la camiseta para besar el escudo de su pecho, empezaron a llover petardos tanto al campo de fútbol como entre los aficionados. El árbitro tuvo que silbar el final del encuentro mientras los granaderos contenían a la multitud que se deshacía en múltiples broncas, empanizadas de gas lacrimógeno. Fidencio terminó su frenética carrera y volvió a la realidad.

     -Ha sido un honor, hermano...- Se le quebró la voz mientras le tendía la mano al guardameta, con quien también había hecho equipo los últimos 4 años en el FC Microcosmos en su país natal.
     -El honor es mío- Le replicó el portero y lo abrazó, sabiendo que rompería en lágrimas y le acarició la cabeza con las manos ya desnudas.

Fidencio Sánz hizo una pequeña reverencia al poco público que aún conservaba la cordura, se quitó la camiseta, volteó a ver el cielo y se cubrió la cabeza y parte de la cara con ella. En parte para secarse el sudor y en parte para que no distinguieran sus lágrimas de lejos.

     -¡Oye, oye, oye....!, No te vayas, concédenos una entrevista...- Le jalonean los periodistas.
     -Yo creo que ya se dijo con los directivos todo lo que se tenía que decir- Responde el zurdo interpelado y se talla los ojos rojos con su sudorosa camiseta que ya lleva en la mano solamente.
     -Pero... la polémica...
     -Tú mejor que nadie sabe que la prensa puede exagerar cualquier nota con tal de exhibir y quemar a alguien. Todo sea por la política y por vender más diarios. Yo ya expliqué lo sucedido, adiós...- Y siguió caminando directo a la salida del estadio, cubriéndose la cara con los colores que tanto amó, defendió y respetó hasta el final. No por vergüenza, si no porque aún a estas alturas, detestaba que lo vieran llorar.

Caminó completamente ajeno a las trifulcas en las calles aledañas al estadio, indiferente a la premiación o al infierno que se hubiese desatado en el Nou Camp. Caminó apretando el paso hasta que logró conseguir un taxi.

     -¡Taxi!- El taxi frenó y se subió en la parte de atrás.
     -¿A donde vamos, joven?...
     -Al hotel Mayorazgo, por favor.
     -¡¡No... no puede ser... usted es el delantero del FC Microcosmos!!... Estuve viendo el partido por el celular. ¡Qué golazo acaba de anotar!. ¿Me firma un autógrafo antes de irnos?. ¿Sería mucho pedir una selfie?...

Aceptó y tuvo que fingir una sonrisa ante el lente de la cámara del celular del taxista para que avanzaran discretamente entre la noche. Sin fuerzas de hablar le dijo al hombre del volante que se encontraba muy cansado para evitar la plática y él lo respetó hasta que llegaron a su destino.

     -Servido, joven- la voz del ruletero lo sacó de sus cabilaciones como un balde de agua fría.

El deportista le extendió un billete grande que guardaba en el calcetín cada partido, como para resguardarse de cualquier emergencia.

     -No tengo cambio... le invito la dejada, tómelo como un regalo por habernos hecho felices a los fans
     -No, no, yo insisto, no importa, sólo quiero dormir.

El taxista tomó el billete maravillado y Fidencio se apresuró a su habitación, pidiendo la llave en la recepción: entre la conmoción había dejado sus cosas en el vestidor.
Subió a su habitación y tomó un duchazo. Se puso su playera vieja del FC Microcosmos -con la que había debutado 4 años atrás, firmada por todos sus demás compañeros y exentrenador - y subió a la azotea del hotel.

Estaba decidido a no vivir de otra cosa que no fuera su sueño. El fútbol lo era todo para él y no iba a darle gusto al morbo de la prensa de verlo desvanecerse en el anonimato o de conformarse con ser del cuerpo directivo de algún otro equipo. No iba a portar nunca otros colores que no fueran los suyos. Se iba a ir en sus propios términos. Así que se quitó la camiseta, besó el escudo por última vez y aferrándose a ella saltó de la terraza, con la certeza de que sería la última vez que despegaba los pies del suelo.



domingo, 15 de marzo de 2015

Los N-finales: Reconocimiento


-Mi padre era músico en la orquesta nacional. Aún cuando las cosas se empezaron a ir al demonio, hace un año, las dulces notas de su violín adornaban el ambiente lleno de miedos y desconfianza. Incluso en heladas tardes como esta, el recuerdo y no el frío, hacen que la sangre se me congele en las venas...

-¡No digas pendejadas, seguro que es efecto de la radiación de fondo...- Perkins contestó burlonamente y se rió de su compañero de patrulla, quien había conocido hace unas pocas horas.

-Ya, ya, ya... déjense de historias y pónganse los trajes NBQ, que los bajaremos en T menos 10.- Interrumpió el piloto del Helicarrier a ambos scouts que platicaban en la zona de decontaminación, dando órdenes a los novatos a través del intercomunicador en la pared.

-Entendido, Águila-uno, salimos a tu señal- Contestó Simons, mientras se colocaba el pesado traje de una sola pieza.

Perkins batallaba bastante para alinear su casco y sellarlo herméticamente con su traje monopieza pero con un poco de ayuda de su amigo Simons lograron activar los sistemas biométricos dentro de sus herméticos trajes. Calibraron bien sus visores con cámaras en tiempo real, y checaron un par de veces todo el equipo. No había espacio para error, pues al ser prisioneros de guerra, si la misión se complicaba, los superiores no dudarían en abandonarlos a su suerte.

-Simons, ¿Me escuchas?.- Escuchó Perkins por la bocina surround de su casco, reflejando perfectamente la dirección a la que se encontraba su compañero.

-Sí, Perkins, a la perfección- le contestó, confirmando que los sistemas de comunicación funcionaban correctamente entre ellos.

-¿Tienes miedo?... porque yo... yo no...

El helicarrier comenzó a descender en el perímetro de seguridad que habían establecido hacía algunos días, calculando el decaimiento del uranio presente en el ecosistema. En cuanto la aeronave aterrizó, la luz presente en la cámara de descontaminación cambió de rojo a verde con sus 6 LEDs repartidos en el techo, señal inequívoca de que había llegado el momento de salir al exterior. La pesada compuerta doble de plomo se abrió y ambos dieron un paso al frente, poniendo el pie donde nadie con vida lo había hecho en varias semanas.

-Muchachos. ¿Me escuchan?- Preguntó Águila-uno y ambos lo escucharon en sus interfaces dentro de sus respectivos cascos.
-Afirmativo- Contestaron casi al unísono, confirmando que todo funcionara a la perfección con el mando central dentro del vehículo.
-Muy bien, pasaremos por ustedes al punto Bravo a las 1800 horas. Eso les da un aproximado de 4 horas para barrer la zona. Ya saben: rescaten cualquier forma de vida que se encuentre con buena salud y fuerte, si la encuentran; o sacrifíquenlas con sus piolets en caso de encontrarles en mal estado. Es una misión de búsqueda, rescate y piedad.
-Lo sé, Águila-uno, nos veremos puntualmente, cambio y fuera- Contestó Simons, mientras Perkins sacaba el mapa de su mochila y comparaba la ruta con lo que quedaba de la ciudad.
-Que la fuerza los acompañe, probablemente encuentren ayuda en el camino, cambio y fuera muchachos...- Respondió Águila-uno, mientras despegaba el helicarrier.
Tendrían que ir por al menos 3 rondas más de exploradores para cubrir rutas diferentes, siempre enviándolos en parejas y con el menor equipo posible para evitar un posible amotinamiento.

Comenzaron a avanzar sobre la avenida principal que conectaba a la ciudad con el resto de la floreciente civilización recientemente exterminada. Edificios reblandecidos y en progresivo estado de deterioro se veían mientras avanzaban en el horizonte teñido de carmín y tonos cobalto bañados en una capa de polvo y cenizas.

-¿Sabes que hubiera preferido que me fusilaran a esto?... De haber sabido, me hubiera pegado un tiro en la sien antes de acceder a rendirme- Comentó Simons.
-¿Tú sabes que nos están grabando, verdad?... Si quieres seguir con vida tienes que ser prudente

Ambos habían servido en las fuerzas de Kurdistán algunos meses antes de la capitulación, aunque en diferentes pelotones. Ambos habían sido capturados como prisioneros de guerra por los Sorbets y como a muchos de ellos -los que no se les pudo imputar crímenes de lesa humanidad-, se les ofreció formar parte de los escuadrones de limpieza en misiones casi suicidas. Tenían que rescatar sobrevivientes de las ruinas en caso de encontrarlos, aunque en realidad no se habían encontrado más que un par de personas en muy mal estado que terminaron muriendo a la brevedad. Todos, incluso los altos mandos, sabían que esas misiones en realidad tenían como objetivo que el medio ambiente radioactivo terminara con ellos en una marejada de arcadas y convulsiones acompasadas con el zumbido de contadores Geiger.

Así, ambos avanzaron por las calles principales, sorteando gigantescas grietas en el pavimento, vehículos reducidos a montones de fierros oxidados y escombros. Poniendo ocasionalmente la misma grabación a todo volúmen en un sistema de audio portatil, cada que pasaban por un refugio nuclear indicado en el mapa. Ponerla en algún otro lado resultaría en una pérdida de baterías.

-Somos pelotones de búsqueda y rescate. Venimos en son de paz para rescatarlos. Repetimos: venimos en son de paz para rescatarlos. Si no cuentan con protección adecuada para salir al exterior, pueden contactarnos para regresar por ustedes con el material adecuado. Somos pelotones de búsqueda y rescate...

-Vámonos ya, esto es una pérdida de tiempo...- Perkins le llamó a su compañero, apagando el aparato de sonido, interrumpiendo el mensaje y dejando el leve pitar de sus contadores Geiger como único sonido.
-Lo sé, pero es lo que tenemos que hacer, nos quedan todavía 2 horas y vamos a más de la mitad...

Un golpeteo metálico muy fuerte cortó el silencio e interrumpió a Simons a media frase. Se quedaron viendo fijamente una fracción de segundo y esperaron a confirmar lo escuchado. Un segundo golpeteo, luego un tercero y se volvió un llamado claro y fuerte: había al menos una persona esperando ser rescatada entre las entrañas muertas de una ciudad que había sido borrada súbitamente de un dedazo.

Identificaron la fuente del sonido: era un hospital en relativo buen estado. Todos los cristales habían sido reducidos a añicos por la onda expansiva, así como las enormes puertas de cristal de la entrada principal, así que entraron ambos, codo a codo, al mismo tiempo. Simons llevaba una lámpara de mano en su izquierda y ambos habían enfundado sus piolets por si hacían falta.

-Viene del ascensor. ¿Lo escuchas?...- Perkins señaló la fuente del sonido, cada vez más frenético, probablemente al haberlos escuchado entrar.
-Sí, vamos a abrir las puertas.

Entre los 2 hicieron palanca con sus piolets para abrir las puertas del ascensor, que cedieron casi de inmediato, al estar cubiertas de óxido y debilitadas por la radiación.

Ningún entrenamiento militar pudo haberlos preparado para lo que vieron a continación. Un hombre extremadamente delgado, con apenas jirones de ropa, casi calvo y cubierto de tumores estaba golpeando las puertas del ascensor; a los lados, restos de cadáveres por doquier y todo manchado de sangre y heces fecales. Tampoco habían valorado el tener un traje totalmente sellado hasta ahora.

-Mierda, no...- Simons no pudo ni terminar la frase cuando aquella criatura superviviente de la radiación se le fue encima.

Perkins, intentando sobreponerse a la impresión inicial ajustó la lámpara de mano a un arnés de su traje y empuñó el piolet com ambas manos.

-¡HAMBRE!... ¡HAMBRE!... ¡HAMBRE!- Repetía frenéticamente aquél sujeto, golpeando y arañando el traje, subido en el pecho de Simons al haberlo derribado.
-¡AYUDA!

Perkins tomó vuelo y de un certero golpe penetró la nuca de aquél pobre individuo de un solo y certero golpe que lo derribó al momento. La sangre comenzaba a brotar grumosa, como si la espina dorsal le hubiera dejado de producir glóbulos rojos desde hace tiempo.

Entre los 2 quitaron el cadaver macilento de encima de Simons y él se incorporó, aún tembloroso y llorando ante la conmoción.

-Gracias, hermano... no sé cuanto más hubiera aguantado el visor, o el cable que conecta el tanque de oxígeno...
-Lo sé, estuvo cerca... vámonos de aquí, ¿Cuanto nos queda?...

Les quedaba menos de una hora para desafiar diez kilómetros de calles en ruínas a pie. Debían apurar el paso a la máxima velocidad o no esperarían por ellos. Al demonio volver a poner la grabación. El sistema de audio se quedaría muy bien resguardado en la mochila de Perkins.
En eso, se sintió un temblor muy fuerte que hizo oscilar violentamente el ascensor. No sabían qué estaba pasando y lo único que se le ocurrió a Perkins fue tirarse pecho a tierra, mientras que Simons quedó de pie, en una esquina de la pequeña y oxidada cabina. El temblor frenó, pero escucharon el peor chirrido de sus vidas y el ascensor se desplomó cayendo varios metros.

-¡Mierda!, vamos de mal en peor...- exclamó Perkins en cuanto terminó la caída- ¿Estás bien?...

Simons no contestó, así que se incorporó de un salto para ver qué pasaba. Iluminó con la linterna la esquina donde se econtraba su amigo y lo encontró hecho un bulto color olivo y carmesí. Respiraba pesado y se cubría la cara con las manos.

-Se... rompió... mi... visor...
-Tranquilo, voy por un repuesto... no respires

Era verdad, habían empacado 2 cascos completos de respuesto en cada mochila, en caso de encontrar supervivientes en mal estado, así que Perkins abrió su mochila sólo para encontrar los visores de ambos repuesto totalmente destrozados. Repitió la operación con la otra mochila para obtener la misma desgarradora sorpresa.

-¡Maldita sea!, Todos los cascos están destruídos...

Se acercó a su amigo para valorar el origen de la sangre e intentar confortarlo en los últimos minutos de una muerte segura. Se le había perforado el torax a la altura del hígado, probablemente con el piolet que aún colgaba de su mano izquierda lleno de sangre.

-Quiero... vivir... no... es... jus... to- alcanzó a comentarle entre pesadas exhalaciones a su amigo mientras le extendía la mano.

-Lo sé, lo sé, estoy contigo... no te dejaré...
-Tie... nes... que... seguir... es tar... de...
-Hermano, sólo descansa... ¿Tienes algo más que decir?...

En su mente pasaron mil cosas en unos breves segundos. Desde su más tierna infancia entre los campos de Kurdistán y los desayunos de fabada y café negro con sus padres; su primer día de escuela en su ciudad natal; las incontables veces que hizo examen para la universidad más prestigiosa de su país y cuando se dio por vencido y aplicó para cualquier otra; cuando se resignó a que su cerebro no daba para una carrera académica y se enlistó en la milicia para apoyar a la novia que había dejado embarazada en casa. Juntó todo el valor que había tenido en su vida y a pesar de la sangre que se le acumulaba a borbotones creando un desagradable sabor metálico en la boca, logró decir sus últimas palabras.

-Car... ta... do... cu... men... tos...
-¿Donde, hermano?, ¿A quien?...
-Bol... si... llo... iz... quier... da...- Su voz era cada vez más queda

Perkins escarbó en el bolsillo izquierdo de Simons para encontrar una hoja de cuaderno de doble raya doblada como la suelen doblar los niños que juegan a mandar cartitas de amor en el instituto.

-¿Es esta?... ¿Ahí está todo?...
-Sí...
-Descuída, hermano, me haré cargo.

Simons dio su último aliento y se quedó con los ojos abiertos, como quien muere esperando ver a los ángeles descender sobre sí, pero con un rostro invadido de una increíble serenidad pese a su sufrimiento. La sangre coagulada le adornaba las comisuras, aplicándole un fúnebre labial póstumo.

-Buenas noches, dulce príncipe...- Soltó su mano y posó la inerte mano de su amigo en su pecho vacío, le cerró los ojos y se incorporó.

Perkins se guardó bien la carta en el bolsillo izquierdo de su traje, tomó la identificación personal que colgaba del cuello de su amigo, se puso su mochila en la espalda y tomó ambos piolets para subir escalando hasta el par de puertas que habían abierto ambos en la planta baja.

Corrió como nunca porque faltaban minutos para que el helicarrier llegara al punto de extracción designado, pero al final llegó a tiempo y encendió la bengala que le indicaría su posición exacta a Águila-uno para que descendiera.

La gran aeronave aterrizó sobre el pavimento resquebrajado y abrió las compuertas, a donde entró Perkins con premura. Se quitó el casco y los aspersores limpiaron el traje que después procedió a quitarse para abandonar la recámara de descontaminación. A pesar de quedarse en ropa interior, no olvidó la carta de su amigo, que se guardó en un calcetín.

-Soldado raso de reconocimiento, Johan Perkins, reportándose, Águila-uno. Simons ha caído en combate- se cuadró ante su superior y piloto de la nave y luego le extendió la identificación metálica que colgaba del cuello de su amigo apenas un par de horas antes.

Águila-uno extendió la mano y guardó la placa.

-Es una lástima... ¿Cómo pasó?...
-Digamos que se lo comieron los gatos- Aludiendo a un chiste local entre la población de Kurdistán, refiriéndose a una persona que había sufrido una muerte violenta y poco esperada.
-Muy gracioso...
-Revisa la grabación. Yo no regresaría aquí por nada. Declaren la ruta desierta... no creo que ningún otro equipo de reconocimiento vaya a encontrar algo agradable...

Perkins se fue a la pequeña barraca y subió a la litera que compartía con Simons, y por vez primera tomaría la cama de arriba en su honor. Las otras 3 estuvieron desocupadas desde la ida y no sabía si se fueran a ocupar durante el trayecto en alguna escala.

-Pobre tipo, me agradaba...- murmuró para sí, mientras desdoblaba la carta que tanto le había preocupado a su amigo.

-Amada mía
Si recibes esta carta es porque morí en combate. Sabes que no dejaría desamparado a nuestro hijo ni a tí. El número del seguro es 579391-657359270946540-1221067867. Tú eres la beneficiaria y el seguro los cubre a los dos, por lo menos hasta que él cumpla la mayoría de edad.
Te ama,
Sigmund

-Demonios, hasta ahora me entero de su nombre...- Rió despreocupadamente, mientras se hacía la promesa mental de dar con su mujer en cuanto regresara a casa.

No le costó mucho trabajo encontrarla. Preguntando a sus superiores y con el número del seguro dió con la amada de Simons, cuyo nombre era Amada Slither (¿Quién le pone Amada a su hija?... en fin). Desgraciadamente (o afortunadamente para ella), en cuanto él se enlistó en el ejército, ella lo dejó por un tipo que conoció en un bar durante una fiesta, quien era un vividor, pero aceptó el rol de padre para el pequeño Hugo Simons Slither; y vivieron del seguro 579391-657359270946540-1221067867, felices por casi 2 décadas.